El mejor restaurante del mundo

 


Mientras la restauración avanza por caminos cada vez más delimitados, en los que el cliente se sienta a la mesa como el espectador que acude a ver una película o el turista que pasea por las salas de un museo, Abel Álvarez y Luisa Cajigal caminan por un sendero que a fuerza de clásico se ha convertido en transgresor: convertir al comensal en protagonista. 


A diferencia de quienes visitan docenas de restaurantes al año, yo sigo viviendo cada comida como una ocasión extraordinaria en la que sentirme especial, única, princesa por unas horas. Y quiero comer, beber, disfrutar de una manera diferente al resto de comensales. Ser parte de la acción y no limitarme a aplaudir. 


Me atraen cada vez menos las salas en las que todos comen igual-de-bien, en las que todos beben igual-de-bien, en las que todos se despiden a la vez y todos aplauden a una al chef convertido en director y al menú convertido en guión. Las entiendo, las disfruto, las aprecio... pero me cansan. 


Tal vez por eso en Güeyu Mar, frente al producto casi desnudo, soy yo la que me disfrazo de reina porque ese día es mi día. Y bailo mis discos y río mis gracias y 'lloro si quiero, porque es mi fiesta'. Y cuando acaba me siento frente al mar rodeada de amigos y a la vez a solas con el Pez Enorme.


Como si en la playa de Vega anocheciera solo para nosotros dos.

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